
Jesús Piedra Ibarra, un estudiante comprometido con sus ideales políticos, fue arrestado por las autoridades en Monterrey el 18 de abril de 1975, sumergiéndose en la clandestinidad sin dejar rastro alguno. Al igual que muchos jóvenes disidentes del régimen del PRI, militantes y campesinos que luchaban en guerrillas con recursos limitados, el Gobierno mexicano lo hizo desaparecer. Su madre, Rosario Ibarra de Piedra, dedicó el resto de su vida a buscar incansablemente a su hijo, convirtiéndose en un emblema de la defensa de los derechos humanos en México al fundar el Comité ¡Eureka!, una de las primeras organizaciones dedicadas a la búsqueda de desaparecidos en el país.
El 26 de mayo de 2004, Ibarra de Piedra recibió una carta impactante de un tal Benjamín Apresa, presuntamente un militar desertor que buscaba redimirse. En las cinco páginas escritas a máquina, se revelaban los nombres de 183 víctimas que, según el soldado anónimo, habían sido arrojadas al mar de Acapulco durante los vuelos de la muerte. La verdad salía a la luz, aunque la incertidumbre sobre el paradero de Jesús Piedra Ibarra seguía sin resolverse.